La agonía de Francia! L'agonie de la France "in Vanguardia.es"

 

 image: www.achat-location--immobilier.fr

 

 

Voici un article de la Vanguardia que j'ai reçu aujourd'hui d'Espagne!

Quand on est Français ou étranger mais, que l'on aime la France, on

doit être attentif à sa vie et à son destin!

 

C'est pourquoi j'insère cet article qui peut-être une base de réfléxion

sur ce beau pays des Lumières qui fut envié par le monde entier!

Rosario Duarte da Costa

27/06/2010

 

 

OPINIÓN

La agonía de Francia

Las crisis se deben también al decaimiento del sistema de modelos, valores y creencias de la vida colectiva

Juan-José López Burniol | 26/06/2010 | Actualizada a las 01:57h | Internacional

El 18 de junio de 1940, un día después de su llegada a Londres, el general De Gaulle pronunció su famoso discurso-llamamiento a los franceses retransmitido por la BBC. El Foreign Office se había opuesto a emitir una alocución que provocase al gobierno de Pétain, pero el primer ministro Churchill y su ministro de Información, el francófilo Duff Cooper, convencieron al gabinete. Pocos fueron los franceses que oyeron a De Gaulle aquel día, pero pronto comenzó a correr la voz. Tanto, que la breve arenga en la que les pedía que se unieran a su causa resultó ser poderosa. En todo caso, cuando el 27 de junio Churchill invitó a De Gaulle a almorzar en Downing Street, le dijo: "¿Está usted solo? Bueno; en tal caso, ¡le reconozco solo!". La voluntad de un hombre redimía así el hundimiento de un país. Detrás quedaba la agonía de Francia.

MÁS INFORMACIÓN

Con estas palabras –La agonía de Francia– tituló el periodista español Manuel Chaves Nogales el libro, corto en extensión y excelente en contenido y factura, en el que da cuenta de las razones que –según su percepción directa– llevaron a Francia a sucumbir ante el fascismo y firmar un armisticio con Alemania. Chaves describe la masa inerte de funcionarios que sólo se ocupaban de su seguridad, abandonándolo todo, dejándose en las carreteras de Francia, en el trayecto de París a Tours y de Tours a Burdeos, la herencia de veinte siglos de civilización. Pero la corrupción de los hombres públicos no basta –añade– para explicar catástrofes como esta, que sólo se explica por el hecho de que Francia había pasado, entre las dos guerras, por algo mucho peor que una revolución triunfante; había pasado por dos revoluciones abortadas: la de las Ligas reaccionarias de 1934 y la del Frente Popular en 1936. Los gérmenes de ambas –una de derechas y otra de izquierdas– intoxicaron el organismo nacional y, a partir de 1936, crearon un estado morboso de guerra civil latente, en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros pero, poco a poco, iban asesinando entre todos al país. Este era el clima moral de Francia: la impotencia y la esterilidad de los movimientos reaccionarios y revolucionarios, la falta de fe en las ideas y los sistemas, la convicción de la inutilidad de todo esfuerzo colectivo, habían creado un ambiente de claudicación y un sentimiento de derrota en las masas francesas que habían llegado a estar muy por debajo de sus hombres públicos. De hecho, Francia estaba derrotada desde antes de comenzar la invasión. La conclusión de Chaves es clara: "Las dos grandes fuerzas de destrucción del mundo moderno, el comunismo y el fascismo, la nueva barbarie de nuestro tiempo (…) habían librado en Francia una larga batalla, no por incruenta menos funesta. Todo había sido arrasado a derecha e izquierda. Quedaba únicamente lo que era indestructible, la norma, el espíritu, que si bien no impide a las naciones morir, es lo que les permite resucitar".

No difiere el testimonio que dejó el historiador Marc Bloch, fundador con Lucien Febvre de los Annales d'Histoire Économique et Sociale, que luchó como capitán, se enroló en la resistencia tras la derrota y fue fusilado en 1944. Bloch dice –en La extraña derrota– que la causa del desmoronamiento fue "la incapacidad de los mandos", un déficit intelectual y una deficiencia administrativa. Pero acto seguido señala que una crisis nacional nunca es responsabilidad exclusiva de un cuerpo profesional, pues siempre tiene raíces más profundas, por lo que es preciso dar también cuenta de las deficiencias de la sociedad francesa de su época. Parte para ello de la constatación de la existencia de una debilidad colectiva, suma de numerosas debilidades individuales. En esta línea, pone en evidencia el derrotismo de la derecha francesa, que ha sido "una tradición constante a lo largo de casi todo nuestro devenir", hasta el punto de que, entre las dos guerras, pasó del chovinismo impostado al appeasement temeroso. Asimismo, denuncia que las clases dirigentes francesas aceptaron la democracia mientras que el sufragio universal respetó "la dominación tradicional ejercida sobre las provincias por los notables de las clases medias"; pero, en cuanto la "tragedia económica" de los años treinta precipitó la formación del Frente Popular, "la actitud de la mayor parte de la opinión burguesa fue inexcusable", y esta se mostró incapaz de comprender el "entusiasmo de las masas ante la esperanza de un mundo más justo". Pero también destaca que "las masas sindicalizadas no supieron imbuirse de la idea de que, para ellas, nada era tan importante como imponer, con la mayor rapidez e intensidad, la derrota del nazismo".

Ambos testimonios análogos de un episodio tremendo de la historia francesa encierran una enseñanza: nunca las crisis profundas, aquellas que dejan a un país sin pulso, son producto exclusivo de una dirección desacertada de sus élites, ya que siempre se deben también al decaimiento del sistema de modelos, valores y creencias que vertebraba hasta entonces la vida colectiva